La piscina no debería ser el centro de tu jardín

Hay un elemento que aparece en casi todos los jardines privados de cierto tamaño en España y que casi siempre se diseña de la misma forma: la piscina cerca de la casa, visible desde el salón, como protagonista indiscutible del jardín. Es comprensible. La piscina es cara, es el elemento que más ilusión genera cuando se planifica el jardín, y el instinto es ponerla donde se vea y donde sea fácil llegar.

El problema es que esa lógica funciona bien durante cuatro meses al año. Los otros ocho, la piscina tapada, vacía o con el agua en mal estado es el elemento más visible del jardín y el que más lo perjudica visualmente. Un jardín diseñado alrededor de un elemento que solo funciona en verano es un jardín que falla en otoño, en invierno y en primavera, que es la mayor parte del tiempo.

El error más habitual: diseñar para el verano

Cuando llega un proyecto con piscina, la primera pregunta que nos hacemos no es dónde ponerla sino cuánto tiempo al año se va a usar realmente y qué pasa con el jardín el resto del tiempo. Esa pregunta cambia completamente las decisiones de diseño.

Una piscina en el noroeste de Madrid se usa con comodidad entre junio y septiembre, cuatro meses en el mejor de los casos. Los otros ocho meses está cubierta, vacía o con el agua en un estado que nadie quiere mirar. Si esa piscina está en el centro del jardín, a pocos metros de la terraza principal, es el elemento dominante del espacio durante más de la mitad del año, y no precisamente en su mejor momento.

Trabajar con una piscina ya construida es uno de los retos que más nos interesa: integrar un elemento dado en un jardín con criterio, de forma que deje de ser el protagonista visual y pase a formar parte de un conjunto que funciona bien durante todo el año. El resultado cuando se consigue bien es tan satisfactorio como diseñar desde cero, y en muchos casos más interesante precisamente por las restricciones que impone.

La piscina como destino, no como escenario

Uno de los enfoques que más nos interesa es tratar la piscina como un destino dentro del jardín en lugar de como el escenario principal. Eso implica trabajar la plantación y los recorridos de forma que la piscina se anticipe sin revelarse completamente desde el primer momento. Una masa vegetal que la oculta parcialmente, un camino que gira antes de llegar, una zona intermedia que genera expectativa. Ese sentido de descubrimiento, de llegar a algo, cambia completamente la experiencia de usar la piscina y libera el entorno inmediato de la casa para que sea un espacio que funcione bien durante todo el año.

Los jardines más interesantes con piscina tienen ese componente de misterio. No sabes exactamente dónde está hasta que llegas. Eso parece un detalle menor pero tiene un efecto real en cómo se vive el jardín, tanto en verano cuando se usa como el resto del año cuando no se usa.

Integración visual: la piscina como parte del paisaje

La integración visual de la piscina con el jardín es otra de las decisiones que más impacto tiene en el resultado. Una piscina rodeada de gresite azul intenso y baldosas blancas en medio de un jardín naturalista es un objeto extraño en su contexto. Una piscina con acabados en tonos neutros, piedra natural o colores que recogen los del entorno, con plantación que llega hasta sus bordes o muy cerca de ellos, con un perímetro que no define un área de exclusión vegetal, es parte del jardín.

Cuando trabajamos con piscinas ya construidas, la integración pasa principalmente por la plantación del entorno inmediato y los materiales del perímetro cuando hay posibilidad de intervenir en ellos. Una buena plantación alrededor de una piscina preexistente puede transformar completamente su relación con el jardín, suavizando sus bordes, conectándola visualmente con el entorno y haciendo que el conjunto funcione también en los meses en que el agua no está en su mejor momento.

Biopiscinas y piscinas naturales: el agua como ecosistema

Hay una alternativa a la piscina convencional que va mucho más allá de la integración estética y que responde directamente a la filosofía del jardín naturalista: la biopiscina o piscina biológica. En lugar de cloro y químicos para mantener el agua limpia, usa plantas acuáticas y microorganismos que filtran el agua de forma natural. El resultado es agua limpia, sin olor a cloro, bañable, que forma parte del ecosistema del jardín en lugar de ser un elemento ajeno a él.

En el mundo hispanohablante, Cristóbal Elgueta es el referente más sólido en este campo, con años de trabajo documentado en biopiscinas y piscinas naturales que demuestran que el agua bañable y el ecosistema vegetal no solo son compatibles sino que se refuerzan mutuamente. Su enfoque no es una piscina con plantas decorativas alrededor sino un sistema vivo donde la zona de baño y la zona de regeneración vegetal trabajan juntas como un ecosistema completo.

Es la dirección que más nos interesa cuando un proyecto tiene condiciones para ello. Un agua sin cloro, integrada en el jardín como parte del ecosistema, que funciona mejor cuanto más madura, es exactamente el tipo de solución que encaja con la forma en que entendemos el paisajismo. Y conecta directamente con el argumento central de este artículo: una biopiscina no es un elemento que domina el jardín ocho meses al año sino uno que lo enriquece durante los doce.

Estanques y juegos de agua: lo que funciona todo el año

Hay algo que casi nunca aparece en la conversación sobre jardines con piscina y que sin embargo merece mucho más protagonismo: un estanque o un juego de agua bien diseñado aporta al jardín durante los doce meses del año, no solo cuatro.

Un estanque con plantas acuáticas y de ribera, con movimiento de agua, con la fauna que convoca, es uno de los elementos más ricos que puede tener un jardín. Está activo en invierno, cuando las plantas acuáticas tienen su propia textura y estructura. Está activo en primavera, cuando florecen las plantas de ribera y llegan los primeros insectos. Está activo en verano, cuando refresca el ambiente y el sonido del agua crea una sensación de calma que ninguna piscina vacía puede dar. Y está activo en otoño, cuando los reflejos en el agua y los colores del entorno crean escenas de una belleza que ningún gresite azul puede replicar.

El sonido del agua en movimiento tiene efectos documentados sobre la reducción del estrés. La presencia de agua atrae fauna, desde aves que vienen a beber y bañarse hasta insectos polinizadores. Crea microclimas más frescos en verano. Refleja la luz y el cielo de formas que cambian a lo largo del día y de las estaciones. Todo eso ocurre los doce meses del año, no cuatro.

Hay propietarios para quienes la piscina es imprescindible por razones de uso real. Pero hay muchos para quienes la piscina es una aspiración más que una necesidad cotidiana, y para quienes un estanque bien diseñado o un juego de agua integrado en el jardín respondería mucho mejor a cómo realmente viven ese espacio durante el año. Es una conversación que merece tener antes de decidir, y que en nuestra experiencia pocas veces ocurre porque nadie la propone.

Un jardín con agua bien integrada, sea piscina, biopiscina, estanque o fuente, es un jardín más rico, más vivo y más interesante en cualquier época del año. La diferencia no está en el tamaño del elemento acuático sino en cómo se piensa su relación con el resto del jardín, y esa es precisamente la conversación que nos interesa tener.

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Un jardín no es decoración de exteriores. Es ecosistema, memoria y bienestar.